martes, 25 de septiembre de 2012

Carta del Dr Freud al profesor Einstein sobre la violencia y la guerra ...



Carta del Dr Freud al profesor Einstein sobre la violencia y la guerra
Dr. Sigmund Freud. Viena, septiembre de 1932
Viena, setiembre de 1932

Estimado profesor Einstein:


Cuando me enteré de que usted se proponía invitarme a un intercambio de ideas sobre un tema que le interesaba y que le parecía digno del interés de los demás, lo acepté de buen grado. Esperaba que escogería un problema situado en la frontera de lo cognoscible hoy, y hacia el cual cada uno de nosotros, el físico y el psicólogo, pudieran abrirse una particular vía de acceso, de suerte que se encontraran en el mismo suelo viniendo de distintos lados.

Luego me sorprendió usted con el problema planteado: qué puede hacerse para defender a los hombres de los estragos de la guerra. Primero me aterré bajo la impresión de mí -a punto estuve de decir «nuestra»- incompetencia, pues me pareció una tarea práctica que es resorte de los estadistas.

Pero después comprendí que usted no me planteaba ese problema como investigador de la naturaleza y físico, sino como un filántropo que respondía a las sugerencias de la Liga de las Naciones en una acción semejante a la de Fridtjof Nansen, el explorador del Polo, cuando asumió la tarea de prestar auxilio a los hambrientos y a las víctimas sin techo de la Guerra Mundial.

Recapacité entonces, advirtiendo que no se me invitaba a ofrecer propuestas prácticas, sino sólo a indicar el aspecto que cobra el problema de la prevención de las guerras para un abordaje psicológico.

Pero también sobre esto lo ha dicho usted casi todo en su carta. Me ha ganado el rumbo de barlovento, por así decir, pero de buena gana navegaré siguiendo su estela y me limitaré a corroborar todo cuanto usted expresa, procurando exponerlo más ampliamente según mi mejor saber -o conjeturar-.

Comienza usted con el nexo entre derecho y poder. Es ciertamente el punto de partida correcto para nuestra indagación. ¿Estoy autorizado a sustituir la palabra «poder» por «violencia» {«Gewalt»}, más dura y estridente? Derecho y violencia son hoy opuestos para nosotros.

Es fácil mostrar que uno se desarrolló desde la otra, y si nos remontamos a los orígenes y pesquisamos cómo ocurrió eso la primera vez, la solución nos cae sin trabajo en las manos. Pero discúlpeme sí en lo que sigue cuento, como si fueran algo nuevo, cosas que todos saben y admiten; es la trabazón argumental la que me fuerza a ello.

Pues bien; los conflictos de intereses entre los hombres se zanjan en principio mediante la violencia. Así es en todo el reino animal, del que el hombre no debiera excluirse; en su caso se suman todavía conflictos de opiniones, que alcanzan hasta el máximo grado de la abstracción y parecen requerir de otra técnica para resolverse. Pero esa es una complicación tardía.

Al comienzo, en una pequeña horda de seres humanos, era la fuerza muscular la que decidía a quién pertenecía algo o de quién debía hacerse la voluntad. La fuerza muscular se vio pronto aumentada y sustituida por el uso de instrumentos: vence quien tiene las mejores armas o las emplea con más destreza.

Al introducirse las armas, ya la superioridad mental empieza a ocupar el lugar de la fuerza muscular bruta; el propósito último de la lucha sigue siendo el mismo: una de las partes, por el daño que reciba o por la paralización de sus fuerzas, será constreñida a deponer su reclamo o su antagonismo. Ello se conseguirá de la manera más radical cuando la violencia elimine duraderamente al contrincante, o sea, cuando lo mate. Esto tiene la doble ventaja de impedir que reinicie otra vez su oposición y de que su destino hará que otros se arredren de seguir su ejemplo. Además, la muerte del enemigo satisface una inclinación pulsional que habremos de mencionar más adelante.

Es posible que este propósito de matar se vea contrariado por la consideración de que puede utilizarse al enemigo en servicios provechosos si, amedrentado, se lo deja con vida. Entonces la violencia se contentará con someterlo en vez de matarlo. Es el comienzo del respeto por la vida del enemigo, pero el triunfador tiene que contar en lo sucesivo con el acechante afán de venganza del vencido y así resignar una parte de su propia seguridad.

He ahí, pues, el estado originario, el imperio del poder más grande, de la violencia bruta o apoyada en el intelecto. Sabemos que este régimen se modificó en el curso del desarrollo, cierto camino llevó de la violencia al derecho. ¿Pero cuál camino? Uno solo, yo creo. Pasó a través del hecho de que la mayor fortaleza de uno podía ser compensada por la unión de varios débiles. «L'union fait la force».

La violencia es quebrantada por la unión, y ahora el poder de estos unidos constituye el derecho en oposición a la violencia del único. Vemos que el derecho es el poder de una comunidad. Sigue siendo una violencia pronta a dirigirse contra cualquier individuo que le haga frente; trabaja con los mismos medios, persigue los mismos fines; la diferencia sólo reside, real y efectivamente, en que ya no es la violencia de un individuo la que se impone, sino la de la comunidad.

Ahora bien, para que se consume ese paso de la violencia al nuevo derecho es preciso que se cumpla una condición psicológica. La unión de los muchos tiene que ser permanente, duradera. Nada se habría conseguido si se formara sólo a fin de combatir a un hiperpoderoso y se dispersara tras su doblegamiento. El próximo que se creyera más potente aspiraría de nuevo a un imperio violento y el juego se repetiría sin término.

La comunidad debe ser conservada de manera permanente, debe organizarse, promulgar ordenanzas, prevenir las sublevaciones temidas, estatuir órganos que velen por la observancia de aquellas -de las leyes- y tengan a su cargo la ejecución de los actos de violencia acordes al derecho.

En la admisión de tal comunidad de intereses se establecen entre los miembros de un grupo de hombres unidos ciertas ligazones de sentimiento, ciertos sentimientos comunitarios en que estriba su genuina fortaleza.

Opino que con ello ya está dado todo lo esencial: el doblegamiento de la violencia mediante el recurso de trasferir el poder a una unidad mayor que se mantiene cohesionada por ligazones de sentimiento entre sus miembros. Todo lo demás son aplicaciones de detalle y repeticiones.

Las circunstancias son simples mientras la comunidad se compone sólo de un número de individuos de igual potencia. Las leyes de esa asociación determinan entonces la medida en que el individuo debe renunciar a la libertad personal de aplicar su fuerza como violencia, a fin de que sea posible una convivencia segura.

Pero semejante estado de reposo {Ruhezustand} es concebible sólo en la teoría; en la realidad, la situación se complica por el hecho de que la comunidad incluye desde el comienzo elementos de poder desigual, varones y mujeres, padres e hijos, y pronto, a consecuencia de la guerra y el sometimiento, vencedores y vencidos, que se trasforman en amos y esclavos. Entonces el derecho de la comunidad se convierte en la expresión de las desiguales relaciones de poder que imperan en su seno; las leyes son hechas por los dominadores y para ellos, y son escasos los derechos concedidos a los sometidos. A partir de allí hay en la comunidad dos fuentes de movimiento en el derecho {Rechtsunruhe}, pero también de su desarrollo.

En primer lugar, los intentos de ciertos individuos entre los dominadores para elevarse por encima de todas las limitaciones vigentes, vale decir, para retrogradar del imperio del derecho al de la violencia; y en segundo lugar, los continuos empeños de los oprimidos para procurarse más poder y ver reconocidos esos cambios en la ley, vale decir, para avanzar, al contrario, de un derecho desparejo a la igualdad de derecho.

Esta última corriente se vuelve particularmente sustantiva cuando en el interior de la comunidad sobrevienen en efecto desplazamientos en las relaciones de poder, como puede suceder a consecuencia de variados factores históricos. El derecho puede entonces adecuarse poco a poco a las nuevas relaciones de poder, o, lo que es más frecuente, si la clase dominante no está dispuesta a dar razón de ese cambio, se llega a la sublevación, la guerra civil, esto es, a una cancelación temporaria del derecho y a nuevas confrontaciones de violencia tras cuyo desenlace se instituye un nuevo orden de derecho.

Además, hay otra fuente de cambio del derecho, que sólo se exterioriza de manera pacífica: es la modificación cultural de los miembros de la comunidad; pero pertenece a un contexto que sólo más tarde podrá tomarse en cuenta.

Vemos, pues, que aun dentro de una unidad de derecho no fue posible evitar la tramitación violenta de los conflictos de intereses. Pero las relaciones de dependencia necesaria y de recíproca comunidad que derivan de la convivencia en un mismo territorio propician una terminación rápida de tales luchas, y bajo esas condiciones aumenta de continuo la probabilidad de soluciones pacíficas.

Sin embargo, un vistazo a la historia humana nos muestra una serie incesante de conflictos entre un grupo social y otro o varios, entre unidades mayores y menores, municipios, comarcas, linajes, pueblos, reinos, que casi siempre se deciden mediante la confrontación de fuerzas en la guerra.

Tales guerras desembocan en el pillaje o en el sometimiento total, la conquista de una de las partes. No es posible formular un juicio unitario sobre esas guerras de conquista. Muchas, como las de los mongoles y turcos, no aportaron sino infortunio; otras, por el contrarío, contribuyeron a la trasmudación de violencia en derecho, pues produjeron unidades mayores dentro de las cuales cesaba la posibilidad de emplear la violencia y un nuevo orden de derecho zanjaba los conflictos.

Así, las conquistas romanas trajeron la preciosa pax romana para los pueblos del Mediterráneo. El gusto de los reyes franceses por el engrandecimiento creó una Francia floreciente, pacíficamente unida. Por paradójico que suene, habría que confesar que la guerra no sería un medio inapropiado para establecer la anhelada paz «eterna», ya que es capaz de crear aquellas unidades mayores dentro de las cuales una poderosa violencia central vuelve imposible ulteriores guerras.

Empero, no es idónea para ello, pues los resultados de la conquista no suelen ser duraderos; las unidades recién creadas vuelven a disolverse las más de las veces debido a la deficiente cohesión de la parte unida mediante la violencia. Además, la conquista sólo ha podido crear hasta hoy uniones parciales, si bien de mayor extensión, cuyos conflictos suscitaron más que nunca la resolución violenta. Así, la consecuencia de todos esos empeños guerreros sólo ha sido que la humanidad permutara numerosas guerras pequeñas e incesantes por grandes guerras, infrecuentes, pero tanto más devastadoras.

Aplicado esto a nuestro presente, se llega al mismo resultado que usted obtuvo por un camino más corto. Una prevención segura de las guerras sólo es posible si los hombres acuerdan la institución de una violencia central encargada de entender en todos los conflictos de intereses.

Evidentemente, se reúnen aquí dos exigencias: que se cree una instancia superior de esa índole y que se le otorgue el poder requerido. De nada valdría una cosa sin la otra. Ahora bien, la Liga de las Naciones se concibe como esa instancia, mas la otra condición no ha sido cumplida; ella no tiene un poder propio y sólo puede recibirlo sí los miembros de la nueva unión, los diferentes Estados, se lo traspasan.

Por el momento parece haber pocas perspectivas de que ello ocurra. Pero se miraría incomprensivamente la institución de la Liga de las Naciones si no se supiera que estamos ante un ensayo pocas veces aventurado en la historia de la humanidad -o nunca hecho antes en esa escala-. Es el intento de conquistar la autoridad -es decir, el influjo obligatorio-, que de ordinario descansa en la posesión del poder, mediante la invocación de determinadas actitudes ideales.

Hemos averiguado que son dos cosas las que mantienen cohesionada a una comunidad: la compulsión de la violencia y las ligazones de sentimiento -técnicamente se las llama identificaciones- entre sus miembros. Ausente uno de esos factores, es posible que el otro mantenga en pie a la comunidad. Desde luego, aquellas ideas sólo alcanzan predicamento cuando expresan importantes relaciones de comunidad entre los miembros.

Cabe preguntar entonces por su fuerza. La historia enseña que de hecho han ejercido su efecto. Por ejemplo, la idea panhelénica, la conciencia de ser mejores que los bárbaros vecinos, que halló expresión tan vigorosa en las anfictionías, los oráculos y las olimpíadas, tuvo fuerza bastante para morigerar las costumbres guerreras entre los griegos, pero evidentemente no fue capaz de prevenir disputas bélicas entre las partículas del pueblo griego y ni siquiera para impedir que una ciudad o una liga de ciudades se aliara con el enemigo persa en detrimento de otra ciudad rival.

Tampoco el sentimiento de comunidad en el cristianismo, a pesar de que era bastante poderoso, logró evitar que pequeñas y grandes ciudades cristianas del Renacimiento se procuraran la ayuda del Sultán en sus guerras recíprocas. Y por lo demás, en nuestra época no existe una idea a la que pudiera conferirse semejante autoridad unificadora. Es harto evidente que los ideales nacionales que hoy imperan en los pueblos los esfuerzan a una acción contraria.

Ciertas personas predicen que sólo el triunfo universal de la mentalidad bolchevique podrá poner fin a las guerras, pero en todo caso estamos hoy muy lejos de esa meta y quizá se lo conseguiría sólo tras unas espantosas guerras civiles. Parece, pues, que el intento de sustituir un poder objetivo por el poder de las ideas está hoy condenado al fracaso. Se yerra en la cuenta si no se considera que el derecho fue en su origen violencia bruta y todavía no puede prescindir de apoyarse en la violencia.

Ahora puedo pasar a comentar otra de sus tesis. Usted se asombra de que resulte tan fácil entusiasmar a los hombres con la guerra y, conjetura, algo debe de moverlos, una pulsión a odiar y aniquilar, que transija con ese azuzamiento. También en esto debo manifestarle mi total acuerdo.

Creemos en la existencia de una pulsión de esa índole y justamente en los últimos años nos hemos empeñado en estudiar sus exteriorizaciones. ¿Me autoriza a exponerle, con este motivo, una parte de la doctrina de las pulsiones a que hemos arribado en el psicoanálisis tras muchos tanteos y vacilaciones?

Suponemos que las pulsiones del ser humano son sólo de dos clases: aquellas que quieren conservar y reunir -las llamamos eróticas, exactamente en el sentido de Eros en El banquete de Platón, o sexuales, con una conciente ampliación del concepto popular de sexualidad-, y otras que quieren destruir y matar; a estas últimas las reunimos bajo el título de pulsión de agresión o de destrucción.

Como usted ve, no es sino la trasfiguración teórica de la universalmente conocida oposición entre amor y odio; esta quizá mantenga un nexo primordial con la polaridad entre atracción y repulsión, que desempeña un papel en la disciplina de usted.

Ahora permítame que no introduzca demasiado rápido las valoraciones del bien y el mal. Cada una de estas pulsiones es tan indispensable como la otra; de las acciones conjugadas y contrarias de ambas surgen los fenómenos de la vida. Parece que nunca una pulsión perteneciente a una de esas clases puede actuar aislada; siempre está conectada -decimos: aleada- con cierto monto de la otra parte, que modifica su meta o en ciertas circunstancias es condición indispensable para alcanzarla.

Así, la pulsión de autoconservación es sin duda de naturaleza erótica, pero justamente ella necesita disponer de la agresión si es que ha de conseguir su propósito. De igual modo, la pulsión de amor dirigida a objetos requiere un complemento de pulsión de apoderamiento si es que ha de tomar su objeto. La dificultad de aislar ambas variedades de pulsión en sus exteriorizaciones es lo que por tanto tiempo nos estorbó el discernirlas.

Si usted quiere dar conmigo otro paso le diré que las acciones humanas permiten entrever aún una complicación de otra índole. Rarísima vez la acción es obra de una única moción pulsional, que ya en sí y por sí debe estar compuesta de Eros y destrucción. En general confluyen para posibilitar la acción varios motivos edificados de esa misma manera.

Ya lo sabía uno de sus colegas, un profesor Lichtenberg, quien en tiempos de nuestros clásicos enseñaba física en Gotinga; pero acaso fue más importante como psicólogo que como físico. Inventó la Rosa de los Motivos al decir: «Los móviles {Bewegungsgründe} por los que uno hace algo podrían ordenarse, pues, como los 32 rumbos de la Rosa de los Vientos, y sus nombres, formarse de modo semejante; por ejemplo, "pan-panfama" o "fama-famapan"».

Entonces, cuando los hombres son exhortados a la guerra, puede que en ellos responda afirmativamente a ese llamado toda una serie ¿le motivos, nobles y vulgares, unos de los que se habla en voz alta y otros que se callan. No tenemos ocasión de desnudarlos todos. Por cierto que entre ellos se cuenta el placer de agredir y destruir; innumerables crueldades de la historia y de la vida cotidiana confirman su existencia y su intensidad.

El entrelazamiento de esas aspiraciones destructivas con otras, eróticas e ideales, facilita desde luego su satisfacción. Muchas veces, cuando nos enteramos de los hechos crueles de la historia, tenemos la impresión de que los motivos ideales sólo sirvieron de pretexto a las apetencias destructivas; y otras veces, por ejemplo ante las crueldades de la Santa Inquisición, nos parece como si los motivos ideales se hubieran esforzado hacía adelante, hasta la conciencia, aportándoles los destructivos un refuerzo inconciente. Ambas cosas son posibles.

Tengo reparos en abusar de su interés, que se dirige a la prevención de las guerras, no a nuestras teorías. Pero querría demorarme todavía un instante en nuestra pulsión de destrucción, en modo alguno apreciada en toda su significatividad. Pues bien; con algún gasto de especulación hemos arribado a la concepción de que ella trabaja dentro de todo ser vivo y se afana en producir su descomposición, en reconducir la vida al estado de la materia inanimada.

Merecería con toda seriedad el nombre de una pulsión de muerte, mientras que las pulsiones eróticas representan {repräsentieren} los afanes de la vida. La pulsión de muerte deviene pulsión de destrucción cuando es dirigida hacia afuera, hacia los objetos, con ayuda de órganos particulares.

El ser vivo preserva su propia vida destruyendo la ajena, por así decir. Empero, una porción de la pulsión de muerte permanece activa en el interior del ser vivo, y hemos intentado deducir toda una serie de fenómenos normales y patológicos de esta interiorización de la pulsión destructiva. Y hasta hemos cometido la herejía de explicar la génesis de nuestra conciencia moral por esa vuelta de la agresión hacia adentro.

Como usted habrá de advertir, en modo alguno será inocuo que ese proceso se consume en escala demasiado grande; ello es directamente nocivo, en tanto que la vuelta de esas fuerzas pulsionales hacia la destrucción en el mundo exterior aligera al ser vivo y no puede menos que ejercer un efecto benéfico sobre él. Sirva esto como disculpa biológica de todas las aspiraciones odiosas y peligrosas contra las que combatimos.

Es preciso admitir que están más próximas a la naturaleza que nuestra resistencia a ellas, para la cual debemos hallar todavía una explicación. Acaso tenga usted la impresión de que nuestras teorías constituyen una suerte de mitología, y en tal caso ni siquiera una mitología alegre. Pero, ¿no desemboca toda ciencia natural en una mitología de esta índole? ¿Les va a ustedes de otro modo en la física hoy?

De lo anterior extraemos esta conclusión para nuestros fines inmediatos: no ofrece perspectiva ninguna pretender el desarraigo de las inclinaciones agresivas de los hombres. Dicen que en comarcas dichosas de la Tierra, donde la naturaleza brinda con prodigalidad al hombre todo cuanto le hace falta, existen estirpes cuya vida trascurre en la mansedumbre y desconocen la compulsión y la agresión.

Difícil me resulta creerlo, me gustaría averiguar más acerca de esos dichosos. También los bolcheviques esperan hacer desaparecer la agresión entre los hombres asegurándoles la satisfacción de sus necesidades materiales y, en lo demás, estableciendo la igualdad entre los participantes de la comunidad. Yo lo considero una ilusión, Por ahora ponen el máximo cuidado en su armamento, y el odio a los extraños no es el menos intenso de los motivos con que promueven la cohesión de sus seguidores.

Es claro que, como usted mismo puntualiza, no se trata de eliminar por completo la inclinación de los hombres a agredir; puede intentarse desviarla lo bastante para que no deba encontrar su expresión en la guerra.

Desde nuestra doctrina mitológica de las pulsiones hallamos fácilmente una fórmula sobre las vías indirectas para combatir la guerra. Si la aquiescencia a la guerra es un desborde de la pulsíón de destrucción, lo natural será apelar a su contraría, el Eros. Todo cuanto establezca ligazones de sentimiento entre los hombres no podrá menos que ejercer un efecto contrario a la guerra.

Tales ligazones pueden ser de dos clases. En primer lugar, vínculos como los que se tienen con un objeto de amor, aunque sin metas sexuales. El psicoanálisis no tiene motivo para avergonzarse por hablar aquí de amor, pues la religión dice lo propio: «Ama a tu prójimo como a ti mismo».

Ahora bien, es fácil demandarlo, pero difícil cumplirlo (ver nota). La otra clase de ligazón de sentimiento es la que se produce por identificación. Todo lo que establezca sustantivas relaciones de comunidad entre los hombres provocará esos sentimientos comunes, esas identificaciones. Sobre ellas descansa en buena parte el edificio de la sociedad humana.

Una queja de usted sobre el abuso de la autoridad me indica un segundo rumbo para la lucha indirecta contra la inclinación bélica. Es parte de la desigualdad innata y no eliminable entre los seres humanos que se separen en conductores y súbditos. Estos últimos constituyen la inmensa mayoría, necesitan de una autoridad que tome por ellos unas decisiones que las más de las veces acatarán incondicionalmente. En este punto habría que intervenir; debería ponerse mayor cuidado que hasta ahora en la educación de un estamento superior de hombres de pensamiento autónomo, que no puedan ser amedrentados y luchen por la verdad, sobre quienes recaería la conducción de las masas heterónomas.

No hace falta demostrar que los abusos de los poderes del Estado {Staatsgewalt} y la prohibición de pensar decretada por la Iglesia no favorecen una generación así. Lo ideal sería, desde luego, una comunidad de hombres que hubieran sometido su vida pulsional a la dictadura de la razón. Ninguna otra cosa sería capaz de producir una unión más perfecta y resistente entre los hombres, aun renunciando a las ligazones de sentimiento entre ellos (ver nota). Pero con muchísima probabilidad es una esperanza utópica.

Las otras vías de estorbo indirecto de la guerra son por cierto más transitables, pero no prometen un éxito rápido. No se piensa de buena gana en molinos de tan lenta molienda que uno podría morirse de hambre antes de recibir la harina.

Como usted ve, no se obtiene gran cosa pidiendo consejo sobre tareas prácticas urgentes al teórico alejado de la vida social. Lo mejor es empeñarse en cada caso por enfrentar el peligro con los medios que se tienen a mano. Sin embargo, me gustaría tratar todavía un problema que usted no planteó en su carta y que me interesa particularmente: ¿Por qué nos sublevamos tanto contra la guerra, usted y yo y tantos otros? ¿Por qué no la admitimos como una de las tantas penosas calamidades de la vida? Es que ella parece acorde a la naturaleza, bien fundada biológicamente y apenas evitable en la práctica.

Que no le indigne a usted mi planteo. A los fines de una indagación como esta, acaso sea lícito ponerse la máscara de una superioridad que uno no posee realmente. La respuesta sería: porque todo hombre tiene derecho a su propia vida, porque la guerra aniquila promisorias vidas humanas, pone al individuo en situaciones indignas, lo compele a matar a otros, cosa que él no quiere, destruye preciosos valores materiales, productos del trabajo humano, y tantas cosas más. También, que la guerra en su forma actual ya no da oportunidad ninguna para cumplir el viejo ideal heroico, y que debido al perfeccionamiento de los medios de destrucción una guerra futura significaría el exterminio de uno de los contendientes o de ambos. Todo eso es cierto y parece tan indiscutible que sólo cabe asombrarse de que las guerras no se hayan desestimado ya por un convenio universal entre los hombres.

Sin embargo, se puede poner en entredicho algunos de estos puntos. Es discutible que la comunidad no deba tener también un derecho sobre la vida del individuo; no es posible condenar todas las clases de guerra por igual; mientras existan reinos y naciones dispuestos a la aniquilación despiadada de otros, estos tienen que estar armados para la guerra. Pero pasemos con rapidez sobre todo eso, no es la discusión a que usted me ha invitado.

Apunto a algo diferente; creo que la principal razón por la cual nos sublevamos contra la guerra es que no podemos hacer otra cosa. Somos pacifistas porque nos vemos precisados a serlo por razones orgánicas. Después nos resultará fácil justificar nuestra actitud mediante argumentos.

Esto no se comprende, claro está, sin explicación. Opino lo siguiente: Desde épocas inmemoriales se desenvuelve en la humanidad el proceso del desarrollo de la cultura. (Sé que otros prefieren llamarla «civilización».)

A este proceso debemos lo mejor que hemos llegado a ser y una buena parte de aquello a raíz de lo cual penamos. Sus ocasiones y comienzos son oscuros, su desenlace incierto, algunos de sus caracteres muy visibles.

Acaso lleve a la extinción de la especie humana, pues perjudica la función sexual en más de una manera, y ya hoy las razas incultas y los estratos rezagados de la población se multiplican con mayor intensidad que los de elevada cultura.

Quizás este proceso sea comparable con la domesticación de ciertas especies animales; es indudable que conlleva alteraciones corporales; pero el desarrollo de la cultura como un proceso orgánico de esa índole no ha pasado a ser todavía una representación familiar (ver nota).

Las alteraciones psíquicas sobrevenidas con el proceso cultural son llamativas e indubitables. Consisten en un progresivo desplazamiento de las metas pulsionales y en una limitación de las mociones pulsionales. Sensaciones placenteras para nuestros ancestros se han vuelto para nosotros indiferentes o aun insoportables; el cambio de nuestros reclamos ideales éticos y estéticos reconoce fundamentos orgánicos.

Entre los caracteres psicológicos de la cultura, dos parecen los más importantes: el fortalecimiento del intelecto, que empieza a gobernar a la vida pulsional, y la interiorización de la inclinación a agredir, con todas sus consecuencias ventajosas y peligrosas. Ahora bien, la guerra contradice de la manera más flagrante las actitudes psíquicas que nos impone el proceso cultural, y por eso nos vemos precisados a sublevarnos contra ella, lisa y llanamente no la soportamos más.

La nuestra no es una mera repulsa intelectual y afectiva: es en nosotros, los pacifistas, una intolerancia constitucional, una idiosincrasia extrema, por así decir. Y hasta parece que los desmedros estéticos de la guerra no cuentan mucho menos para nuestra repulsa que sus crueldades.

¿Cuánto tiempo tendremos que esperar hasta que los otros también se vuelvan pacifistas? No es posible decirlo, pero acaso no sea una esperanza utópica que el influjo de esos dos factores, el de la actitud cultural y el de la justificada angustia ante los efectos de una guerra futura, haya de poner fin a las guerras en una época no lejana. Por qué caminos o rodeos, eso no podemos colegirlo.

Entretanto tenemos derecho a decirnos: todo lo que promueva el desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra.



Saludo a usted cordialmente, y le pido me disculpe si mi exposición lo ha desilusionado.



Sigmund Freud

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Un viaje hacia nuestro psiquismo ... Natalia Acosta




El viaje era bueno. Desde la altura volví a asombrarme de la palpable pequeñez del hombre como de su desafío. Microscópico el avión parecía moverse en un océano inconmensurable, mientras los enormes edificios, arboledas y los monumentos iban adquiriendo proporciones más modestas, imprecisos puntos de fuga. Enseguida no se distinguieron los barrios de Buenos Aires, ni los trazados de sus calles, ni del legendario puerto que me hablaba mi padre. Pronto nada se vio salvo la plenitud del océano y del cielo.
                                                                    España en los diarios de mi vejez... Ernesto Sabato
Al ingresar al mundo llegamos sin mapa sin instrucciones de vuelo...Son los otros los que nos nombran las cosas del mundo, los que nos van dando diferentes mapas, señales, guías para poder ir teniendo nuestro libro de vuelo. A través de las palabras nos vamos sumergiendo al mundo simbólico, a ese mundo propio de los humanos. Con toda la complejidad y también con toda la simpleza de lo cotidiano. Día a día nos comunicamos, intercambiamos nuestros palabras que nos identifica y  que nos da un lugar en el mundo. Pero que también nos muestran nuestro síntoma, nuestras dificultades o al callarnos decir mucho más de nosotros mismos.
De aquí la importancia de conocer un poco más de esta constitución subjetiva, conocer   como se armo esto tan extraordinario,  nuestro psiquismo.
Desde la psicología y más precisamente desde el psicoanálisis, una de las teorías dentro de la psicología  que a mí entender dio más explicaciones sobre el origen y la constitución subjetiva, podemos acercarnos a conocer como se estructura el psiquismo, como se arma. Freud comenzó con esta sistematización y luego otros autores fueron completando y complejizando cada vez más.
Desde la primera tópica a la actualidad ha habido un gran avance. Sigue siendo aún, la teoría freudiana un pilar en donde apoyarnos y de ahí avanzar. Esa primera tópica, ese primer esquema hablaba de huellas mnémicas, representaciones palabras- representaciones-cosas, el famoso esquema del peine. Qué se dividía en inconciente, consiente y preconciente por medio de censuras (represiones). Creo que es el esquema más claro para entender cómo se origina estas primeras representaciones. Luego la segunda tópica es un esquema circular, ahí aparece el yo, ello, súper yo. Este esquema es más dinámico, donde pareciera integrarse más las instancias. Hasta aquí Freud de ahí hasta nuestros tiempos aparecen otros autores desde Lacan de un lado a Klein desde otro. En el medio Piera Aulagnier, Silvia Bleismar y tantos otros.
Entonces aparecen  nuevos conceptos que hablan de los mismo que Freud complejizando aún más su teoría, redes simbólicas, significante-significado, palabras, agujeros simbólicos, apertura o psiquismo cerrado. De acuerdo en donde cada uno se posicione.
Lo importante a  tener en cuenta es qué nuestro psiquismo se construye en la relación con un otro. Ese otro significativo al comienzo es nuestra madre, nuestro padre y aquí que quede claro que estamos hablando de función y no de personas. Marcara a este ser, le dará palabras, sostén psíquico, identificaciones. Es decir, le dará el pasaporte y el boleto para ingresar al mundo simbólico. De ahí en adelante simplemente nos moveremos de acuerdo a estas pautas, más acá o más allá, pero siempre con esté mapa interno.
Y como lo dice Sabato muchas de estos grandes edificios y recuerdos a medida que volemos más alto no lo veremos. Quedaran en  el inconsciente pero no por eso desaparecerán tan solo se alejan o se acercan de acuerdo a quien tenga el timón.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Psicología...Algunos de sus rostros



La psicología ... Qué significa?... Qué cuestiones le interesan estudiar?... Y a nosotros como sujetos  para que nos sirve conocer algo de sus inquietudes...
La psicología tiene muchos rostros, muchas acepciones y también muchos estudios  se han dedicado a aportar conocimiento a esta rica ciencia.Debe ser porque su principal preocupación es conocer al hombre, al sujeto humano y principalmente a su psiquismo. De ahí que ha sucitado muchisima curiosidad e invetigación al respecto en la comunidad cientifica.
Como verán cuando empezamos al hablar de psicología se van abriendo diversas cuestiones. Al tener esta virtud nos convoca a navegar en sus mares.Pero para no perdernos es importante buscar algunos anclajes conceptuales para que nuestro viaje sea calmo y placentero.
Primero necesitamos saber que significa psicología, de donde nace su concepto y como se ha modificado a lo largo del tiempo...
 La psicología tiene su origen en Grecia como la mayoría de las ciencias que nacen primaria mente de la Filosofía... Psi significa alma y logia estudio- Desde ese origen hasta la actualidad las cosas han cambiado bastante-. 
     Cada vez el conocimiento se hizo más abarcativo y a la vez más especifico.El hombre cambio  y por ende también la concepción del mismo...
    Siendo muy breves y precisos podemos marcar algunas  definiciones que muestran esta evolución de la  psicología.
    1. Ciencia que se ocupa del estudio de fenómenos mentales.
    2. Ciencia que se ocupa de la conducta en función de la personalidad y dentro de un contexto social y cultural.
    3. Ciencia que se ocupa de estudiar la estructura  y los procesos mentales. 
    Es decir al acercarnos al estudio de la psicología nos encontramos también con el conocimiento del hombre, de nosotros mismos y de nuestra personalidad.
    Desde aquí los  invito al viaje más interesante... Conocer un poco más de nosotros mismos... 

    miércoles, 5 de septiembre de 2012

    Participar...

    Participar significa en primer lugar, ser parte constituyente de un proyecto común, lo cual implica por otro lado, ser reconocido como sujeto de derecho a participar.
    Por eso los invito a participar . 
    Con comentarios
    Trabajos
    Inquietudes
    Les doy la bienvenida a DIALOGOS DE PSICOLOGÍA

    :)

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    lunes, 3 de septiembre de 2012

    " Habia una una vez” Juego y psiquismo... Lic. Natalia Acosta








    El juego es de capital importancia en el desarrollo del niño y hasta del adulto. El arte y la ciencia son, a menudo, juegos serios. Se juega a pintar, a rimar; nos ponemos en juego en cada acción práctica… Como nos dice Jean Chateau en su libro “Psicología de los juegos infantiles”.
    Los juegos infantiles nos ofrecen los mejores observatorios, desde los cuales podemos lograr una visión en conjunto de la infancia nos dice Jean Chateau. Porque el juego permite percibir al niño en su totalidad desde su vida motriz, afectiva y social. El juego es el lenguaje por excelencia del niño.
    El juego es el primer lugar placentero para el niño.
    Me parece importante por eso tener en cuenta las palabras de Françoise Dolto al respecto, habla de la importancia de los deseos. El deseo es el motor del aparato psíquico, lo mueve a hacer cosas y siempre hay que posibilitar al niño que los exprese de la forma en que pueda: con palabras, con dibujos, con mímica, con modelado, con la literatura, música, pintura o la danza, porque todo eso lleva al verdadero deseo, que es la comunicación con los otros. Es más importante, entonces, expresar los deseos que satisfacerlos, para que se siga moviendo el deseo por vivir. Lo que se tiene que satisfacer es la necesidad, no el deseo.
    ¿Porque el niño juega? Se pregunta Jean Chateau, y responde esta pregunta diciendo que preguntarse eso es igual a preguntar porque el niño es niño. La infancia sirve para jugar e imitar dice Claperade.Es muy difícil imaginarse la infancia sin sus juegos y sin sus risas. Gracias al juego crecen el alma y la inteligencia. Un niño que no puede jugar será un adulto que no sabrá pensar.
    De ahí la importancia al estudio del juego infantil
                Donald Winnicott dio gran importancia al juego infantil, y lo consideró un tema de estudio en sí mismo , a diferencia de los demás psicoanalistas de su tiempo (los años 60 del siglo XX) que consideraban al juego sólo como un acto masturbatorio y que conllevaba una fantasía. Para Winnicott, el juego era un concepto complementario al concepto de sublimación. Es necesario aclarar que la sublimación es un concepto del psicoanálisis que se refiere a la transposición de los deseos o pulsiones a fines no sexuales y valorados socialmente, como podrían ser el arte o la ciencia.
    Winnicott dice que el juego no se encuentra dentro de la psique del niño, ni tampoco fuera. Él lo ubica en un espacio intermedio, al que llama “espacio transicional”. El mismo comienza a crearse en el encuentro del bebé con la mamá y lo ayuda a ir diferenciando lo adentro y lo afuera  del bebé.
    Winnicott habla del juego  dentro del plano de la salud, ya que facilita el crecimiento, conduce a relaciones grupales y es otra forma de comunicación consigo mismo y los demás.


    “En el juego, y solo en él pueden  el niño y el adulto crear y usar toda su personalidad, y el individuo descubre su persona sólo cuando se muestra creador”
    Donald Winnicott
     El juego, sería el lugar que Freud le da a las fantasías. Freud en su artículo “El creador literario y el fantaseo” dice que el juego es el lugar donde se puede  hacer realidad las fantasías y lo compara con el arte, diciendo que es el juego del adulto donde se puede ser príncipe, verdugo y a la vez conmover a un público que se emociona con nuestras obras, entonces se subliman tanto deseos libidinales como narcisistas.
     En este artículo hace un recorrido por la personalidad del poeta, luego busca el origen de su obra literaria y la encuentra en el juego infantil y la fantasía, a los que tanta importancia da en su estudio de las neurosis. Releyendo su artículo podemos ver ideas muy claras de su pensamiento “A nosotros los legos, siempre nos intrigó poderosamente averiguar de dónde esa maravillosa personalidad, el poeta, toma sus materiales…y cómo logra conmovernos con ellos y provocar en nosotros unas excitaciones de las que quizá ni siquiera nos creíamos capaces, no hará sino acrecentar nuestro interés la circunstancia de que el poeta mismo, si le preguntamos, no nos dará noticia alguna, o ella no será satisfactoria…. Si pudiéramos descubrir en nosotros, en nuestros pares, una propia actividad de algún modo afín al poetizar! ( pág. 127).
     Entonces, esto lo lleva a buscar el origen en la actividad infantil y da como ejemplo el  del juego, en ese momento del texto dice que el niño pequeño se comporta como un poeta porque crea su mundo, es decir inserta las cosas del mundo en un nuevo orden que le agrada. Sigue diciendo que el poeta hace lo mismo que el  niño que juega, crea un mundo de fantasía para volcarlo en su obra creativa.
                  El adulto deja de jugar y aparentemente renuncia a la ganancia de placer extraída del juego. Pero por lo que sabemos gracias al psicoanálisis, no hay cosa más difícil para el hombre que renunciar a un placer que conoció en la niñez. En realidad, no se renuncia a nada, sino que se permuta una cosa por otra: lo que en un principio parece una renuncia en realidad es un sustituto o subrogado. Concluimos: cuando el adulto cesa de jugar, fantasea.
    Cuando profundizamos en el concepto de fantasía, podemos decir que su motor se halla en fuerzas pasionales y que cada fantasía es un singular cumplimiento de uno o más deseos, una rectificación de la insatisfacción de la realidad y pueden ser deseos ambiciosos que sirven a exaltar la personalidad (deseos provenientes del yo, más particularmente del ideal del yo) o deseos sexuales (cuyo origen remonta  de la  evolución de  la libido). De ellas se nutren los sueños diurnos que se adecuan a las cambiantes impresiones vitales, reciben de cada impresión vital su marca temporal. Y en este punto del artículo, Freud explica en breve cómo es el camino de la fantasía. Dice que primero existiría una impresión actual que despierta grandes deseos a la persona, desde ahí se remonta a un recuerdo de su vivencia infantil, la más de las veces donde el deseo ahí se cumplía y luego crea una situación referida al futuro que se figura el cumplimiento de ese deseo…. “Vale decir, pasado, presente y futuro son como cuentas de un collar engarzado por el deseo”…. (PAG 130).
    Para cerrar este artículo Freud agrega cuál sería la diferencia entre una persona normal y un artista: en la persona normal, estos deseos provocarían un sueño diurno que por  lo general la persona oculta por darle vergüenza, o es motor de un síntoma neurótico. En cambio en el artista, gracias a su creación, logra desfigurar de tal manera estos deseos, que lo que provocan en el espectador es admiración y emoción a través de la ganancia de placer estético, que a la vez está unido un placer previo.

    Otro artículo que me pareció interesante en cuanto a su concepción del concepto de la sublimación, es el articulo de Freud bajo el título de “La moral “cultural” y la nerviosidad moderna” de 1908. En él, Freud intenta dar cuenta del nexo entre las neurosis y la vida moderna y bajo esa premisa también ilumina a mí entender el tema que convoca mi trabajo. Dice que los tiempos modernos, además de generar extraordinarios logros en cuanto a los descubrimientos e invenciones en todos los campos, pone de manifiesto que el mantenimiento de dicho progreso sólo se logra mediante un gran trabajo intelectual y que sólo este trabajo es capaz de conservarlo. Y la lucha que debe enfrentar el individuo para alcanzar estos altos rendimientos  es a expensas de todas sus fuerzas espirituales. Aquí, me llamó mucho la atención actualidad de un párrafo.   
                               Dice:…en todos los círculos han crecido los reclamos de goce en la vida, un lujo inaudito se ha difundido por estratos de la población que antes lo desconocía por completo; la irreligiosidad, el descontento y las apetencias han aumentado, merced al intercambio... Merced a las redes telefónicas…que envuelven todo el mundo,…se ha experimentado un cambio radical…todo se hace a prisa y en estado de agitación, la noche se aprovecha para viajar, el día para hacer negocios…. (Todo esto provoca) al espíritu un esfuerzo cada vez mayor, robando el tiempo para el esparcimiento, el sueño y el descanso…. Así este cuadro de conjunto muestra una serie de peligros en nuestro desarrollo cultural moderno…provocando estados patológicos nerviosos…
    Explica entonces, que en el afán de progreso de la cultura, el hombre tuvo que renunciar a otros placeres y a algunos hombres esta renuncia tan sólo les provocó enfermedad; y desde allí explica cómo el hombre pone a disposición del trabajo cultural, unos volúmenes de fuerzas enormemente grandes. Esto se debe a la particularidad de dichas fuerzas de poder desplazarse de la meta originaria que es sexual, a otra no sexual.  A esto lo llama sublimación.
                     ...”el arte brinda satisfacciones sustitutivas para las renuncias culturales más antiguas, que siguen siendo las más hondamente sentidas, y por eso nada  hay más eficaz para reconciliarnos  con los sacrificios que ella impone. Además sus creaciones realzan los sentimientos de identificación de que tanto necesita todo círculo cultural, lo consigue dando ocasión a vivenciar en común sensaciones muy estimadas. Pero también sirve a la satisfacción narcisista cuando figuran los logros de la cultura en cuestión y hacen presentes sus ideales de manera impresionante”…. (Pág. 13-14 de El porvenir de una ilusión)

    Para Françoise Dolto la creatividad, la inventiva... es un deseo evolucionado culturalmente. El sujeto creativo es actual, a través de esa mediación sutil con su obra. 
    Toda obra es un lenguaje de amor y de deseo.

    La evolución del juego:


    Para Winnicott, el juego tendría el siguiente desarrollo:
    ü  Primero el niño y el objeto se encontrarían fusionados. La visión que el niño tiene del objeto es subjetiva y la madre  se orienta a hacer real lo que el niño está dispuesto a encontrar.
    ü  El objeto es repudiado, reaceptado y percibido en forma objetiva. Este proceso depende en gran medida de que exista una madre o una figura materna dispuesta a participar y a devolver lo que se le ofrece.

    Dice Winnicott que para entender la idea de juego, hay que pensar la preocupación que caracteriza el jugar para un niño pequeño:
    ¨      Existe una gran concentración al jugar, el niño que juega habita una región que no es posible abandonar con facilidad y en la que no se admiten intrusiones.
    ¨      Esa zona de juego no es una realidad psíquica interna ni externa: es un lugar intermedio.
    ¨      El niño reúne objetos o fenómenos de la realidad exterior y los recrea personalmente, mostrando su capacidad para soñar y fantasear sin necesidad de alucinar.
    ¨      Al jugar manipula fenómenos exteriores al servicio de los sueños e inviste algunos de ellos con sentimientos y pensamientos oníricos, es decir de deseos.
    ¨       Existiría un desarrollo y extensión de los fenómenos transicionales, los juegos y las experiencias culturales.
    ¨      El juego implica confianza y pertenece a un espacio potencial, al principio del bebé y la mamá.
    ¨      El juego compromete al cuerpo.
    Para Jean Chateau:
    La evolución del juego ayudaría a hacer actuar las posibilidades que fluyan en una estructura particular.
    Es decir: “El hombre no está completo sino cuando juega”… Schiller






    Bibliografía: 



    Chateau, J, Psicología de los juegos infantiles, 1973, Bs. As., Ed. Kapelusz
    Dolto, Françoise. Los niños y su derecho a la verdad, Ed. Atlántida,  Bs As, 1998.-
    Labinowicz, Ed., Introducción a Piaget. Pensamiento- Aprendizaje enseñanza, 1987, F.E.Interamericano.
    Dr. Winnicott Donald, Realidad y juego, Ed. Gedisa  Madrid 1977.



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